LAS CADENAS

Cuando  en el año 1814 volvió del destierro el Rey Fernando VII, el pueblo se abalanzó a desenganchar los caballos de su carroza y unos voluntarios hicieron de caballos, a las vez que gritaban "¡Vivan las cadenas"! en elogio del absolutismo y rechazo de la Constitución de Cádiz. 

 Es difícil encontrar en la Historia de España un momento de mayor servidumbre y más bajeza. 

   De aquel episodio no echa nadie la culpa a los siglos de servidumbre, ignorancia, servilismo, hambre y miseria, al poder de la iglesia convertida en una excelente lavadora de cerebros y el poder de los latifundistas y señoritos con derecho de pernada en el siglo XIX. Un siglo que todavía contemplaba autos de fe en las tierras hispánicas. El culpable de su propia degradación era el pueblo porque fue el pueblo el que tiró de la carroza del rey, porque el pueblo estaba  feliz con el regreso del tirano. 


Las recurrentes victorias electorales de grupos políticos que reviven el legado del fascismo europeo nos llevan de nuevo al pueblo culpable. A cada elección con ascenso del fascismo y el nazismo siguen comentarios sobre el pueblo idiota, el pueblo indigno, el pueblo mezquino y arrastrado.
  
  Bajo ese pueblo embrutecido y egoista se esconde un proceso político y cultural complejo y más ambiguo que articula su proyecto reaccionario en nombre del pueblo, posicionándose como su defensor frente al asalto de sus enemigos, que socavarían su integridad material y moral, ahora abiertamente expresado en términos de pureza étnica, normalidad sexual, homogeneidad cultural, lealtad a la tradición religiosa, con fuertes rasgos paranoicos y milenarios. 

  La mayoría de los grupos políticos y culturales que se oponen a esta marea de fascismo ultraconservador tienden a estar formados por personas que no tienen ninguna relación con los estratos pobres y populares y sí muchos compromisos con las élites que desde los años setenta empezaron a controlar el pensamiento popular y a dirigirlo a su propio beneficio.

   Para estos partidos el votante es un subordinado, el estudiante de la escuela, el paciente del hospital, el destinatario de raquíticos proyectos sociales cuyo objetivo es evitar la libertad de pensamiento y cualquier tipo de insurrección contra el orden que ellos han establecido y que por haberse colocado la etiqueta de moderno, gayfriend, feminista, no racista, inclusivo etc etc se convierte en el bien frente al mal que es tanto el extremismo de la izquierda como el fascismo por la derecha, metiendo a ambos en el mismo saco - Stalin, Hitler, ya saben- como si un extremista de izquierda tuviese un solo punto en común con un fascista. 
   
  Estos políticos a los que las grandes empresas regalan mansiones, yates, viajes, joyas a cambio de proteger su seguridad y la acumulación de capital frente a un pueblo que puede ponerse nervioso, no tienen interés alguno por lo que sufre una persona de a pie. 
  De hecho el ascenso del fascismo es facilitado por ellos mismos para asegurarse su papel de buenos de la película.
 
  Las clases subordinadas son el público de sus  productos de entretenimiento. 
Hace poco tuvimos los Juegos Olímpicos con cenas  poco ortodoxas, modelos masculinos con botas de tacón y labios color carmín y representantes de la "diversidad" que es así como llaman ahora a lo que antes llamaron  "razas",  portando la antorcha mágica. 

    Se ha creado una burbuja donde mientras no tengamos hambre ni frío y disfrutemos de un euro en el bolsillo para unas birras, no vamos a protestar, aunque el vecino tirite y solo tenga en la chaqueta. 

El individualismo más absoluto, la búsqueda del placer mediante el fetichismo de los escaparates de Zara o la cola  en la tienda que ofrece el último modelo de teléfono móvil. 

Necesitamos salir de la burbuja, volver a interrogarnos sobre qué demonios nos ha pasado. 
 No necesitamos cuarenta camisetas. Cuarenta camisetas y un telefono movil nuevo cada año no pueden ser todas nuestras aspiraciones personales. 
  
  Nos toca tomar las riendas de nosotros mismos, dejar de ser subalternos pero esto es fácil de escribir y difícil de alcanzar.

  Muchos han entendido que esta toma de las riendas consiste  en liberarse del postmodernismo, de ese arte que ha dejado de ser arte, que cualquiera puede hacer, de los hombres que han dejado de ser hombres y las mujeres que han dejado de ser mujeres, de la pureza del pasado donde la religión conseguía meter orden entre el bien y el mal. 

El individuo alejado de la colectividad se siente perdido y recurre a la madre, a la infancia, a los recuerdos que eran buenos y firmes, a las cosas en su sitio. Al padre siendo padre, la madre madre, la mujer femenina, el hombre macho, los niños inocentes, el arte realista.

  Ese pasado bucólico no existió nunca, todos lo sabemos, era un mundo visto desde los ojos de un niño. 
 Los adultos debieron sufrir lo indecible en aquella sociedad llena de injusticias y castigos, pero nosotros eramos los espectadores del teatro mágico donde pasaba la infancia.

La insatisfacción del ser humano-producto le lleva a buscar la espiritualidad de esos años, donde se era feliz sin tanto, donde ardían cirios en las iglesias y habia estaciones con sus soles y sus lluvias y los moros y los negros existían solo en los cuentos y en algunas páginas de la historia.

 Y es entre las telas de araña de la nostalgia,  entre las ruinas de aquel viejo paraíso donde crecen las cucarachas del fascismo.

   Usar el pasado individual convertido en pasado de la patria, como lo auténtico, lo perdido en el camino, para seguir haciendo lo mismo, sirviendo a las élites y destrozando a los subordinados es un trabajo que ha hecho muy bien el fascismo actual, con acuerdo tácito de los podersosos y sus servidores en los gobiernos liberales: el fascismo sirve primero para que no cambie nada y después para que si ha de cambiar sea para el bien de los patrones y si algún subordinado se queja, ya no hay etiqueta que respetar, el fascismo abre campos de concentración y aniquila la disidencia.
  
  Ahí vamos, soñando con las natillas que hacía la madre y votando a los fascistas que nos las presentan como la vuelta a la infancia mágica,  ocultando bajo un velo de aullidos a la luna  el trabajo que había detrás de aquel plato, ofreciendo el cuarto con las camas hechas pero sin recordar que las camas no se hacian solas; las ropas limpias ondeando al viento cubren las manos enrojecidas de las mujeres.  Las monedas no llovían del cielo, casi todas  venían de la humillación y el dolor de quien día tras día debía agachar la cabeza. De quienes gritaban Vivan las cadenas. 

 

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