Lo ganó a través de eso que los de la democracia anglosajona llaman el sacro voto popular. Pero fue anulado y se le negó una segunda vuelta.
Las cosas no fueron como como querían la OTAN y la UE.
En Serbia, al otro lado de los Balcanes “normalizados” se acerca el 26 aniversario de la agresión de la OTAN. Aquella fue la fase culminante de la desintegración de Yugoslavia, planeada y llevada a cabo, bajo supervisión estadounidense, por Alemania y el Vaticano, con el apoyo de fuerzas fascistas locales en Croacia, Bosnia y Kosovo.
Serbia representa la fallida "normalización" de los balcanes y es la Cártago de los Balcanes. Catón no dejaba de repetir incluso en tiempos de paz incluso cuando hablaba de la construcción de un templo "Cártago delenda est" (Cártago debe ser destruida)
La Alemania nazi ya fallo en su objetivo por destruir Serbia. Pero la UE y la OTAN no cesan en su objetivo "Serbia delenda est"
La estrategia UE-EE. UU. se despliega en forma de presión diplomática, chantaje económico, conflictos entre entidades estatales o pseudoestatales fabricados por los agresores y, como en estos días, desencadenando fenómenos subversivos basados en algún sector insatisfecho o manipulable de la población.
Ya a finales del siglo pasado, el sistema mediático se había consolidado en torno al proyecto de eliminar, a efectos de la eurocolonización, esta anomalía político-ideológica-social representada, primero, por la Yugoslavia comunista de Tito y, después, por la de Slobodan Milosevic, ya hecha pedazos, reducida a Serbia-Kosovo-Montenegro, pero todavía socialista y no alineada.
La oportunidad de deshacerse de esta guarnición avanzada del mundo eslavo, íntimamente vinculada a Rusia, la ofreció la URSS de Yeltsin en los años 90.
Cuando la Union Europea se rasga las vestiduras diciendo que no puede tolerar una guerra de "agresión no provocada"en Ucrania se ampara en nuestra frágil memoria.
En marzo de 1999 comenzaron los bombardeos de la OTAN sobre Belgrado. Una guerra en la que los gobiernos "socialistas" demostraron su "socialismo" alineándose junto a la OTAN, cuyo secretario general era el impresentable y vomitivo Javier Solana.
Gobiernos a los que se les puede atribuir criminalmente el mérito de haber haber iniciado una guerra de europeos contra europeos Guerra y gastos siempre por cuenta de los EE.UU. y a nuestra costa, hoy en Ucrania, ayer en Libia, anteayer en Serbia.
Hoy Ucrania ya no interesa a los nuevos planes de las élites americanas para controlar el Capitalismo que viene y una Europa que sigue aferrada a Ucrania para armarse para poder controlar y luchar por las materias primas, la minería, del capitalismo que viene. Lo que hoy son pozos de petróleo mañana serán minas.
A la mañana siguiente de la noche del 18 al 19 de marzo, el primero de los 78 días de bombardeos sobre Serbia, hubo reuniones editoriales en todos los periódicos. Los periodistas que pretendían escribir sobre el horror de un bombardeo de europeos por europeos, recibieron una orden: "es un bombardeo humanitario" "una respuesta a los crímenes de los serbios en Kosovo"
Con
Y así es como periodistas y analistas, lo proyectaron al público. Y así es como la mayoría cree que los serbios son un grupo de fanáticos asesinos que se divierten torturando a sus paisanos de la región de Kosovo.
Kosovo en realidad era (es) un territorio de Serbia, disputado bajo por las brigadas formadas con el apoyo de la OTAN.
Hashim Thaci del que todavía nos cuentan que dirigió la lucha por la libertad de Kosovo desde Suiza se levantó contra su propio país, contra Serbia pero la prensa decía que lo hizo contra las fuerzas de ocupación. Luego , mucho más tarde juzgado y condenado por crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra, incluido el tráfico de drogas y de órganos pero ya nadie se acordaba de su nombre ni del bombardeo de Serbia cuando fue condenado.
Pero, ¿qué importa si el apodado a sí mismo "El serpiente" era solo un terrorista formado por la OTAN, si mientras tanto Estados Unidos ha podido establecer Bondsteel en Kosovo, su mayor base militar en Europa?
Muchos periodistas dóciles y dispuestos a escribir al dictado recibieron luego premios. Correponsales en Nueva York, Paris, Berlin... en ciudades de ensueño con sueldos de ensueño o altos puestos directivos en las televisiones públicas.
Otros no recibieron premios por su labor. Por seguir siendo periodistas, por coger sus cámara y un tren a Belgrado.
Pudieron mostrar la Serbia de la que no se debía hablar. Hospitales donde los recién nacidos morían en incubadoras privadas de energía por las redes eléctricas bombardeadas en todo el país. Bombas de racimo, con la consiguiente destrucción masiva en el mercado de Nis, las plantas petroquímicas desintegradas en Pancevo, la lluvia geoingenierizada cayó sobre esa zona, tanto que el Danubio se desbordó, inundó la llanura y, así, esparció los venenos liberados desde las fábricas y almacenes, con un efecto contaminante permanente sobre el suelo y sobre la vida.
No podían faltar las bombas y misiles fabricados con uranio empobrecido, con los efectos deseados que han perdurado durante siglos y que ya se han conseguido en Irak, donde, si tenéis estómago para ello, podéis ver los efectos en los documentales “Genocidio en el Edén” y “¿Quién vivirá en Irak?”.
Desde Serbia el periodista italiano Fulvio Grimaldi escribió para el diario “Liberazione” un artículo que ya había publicado en un periódico serbio. El mismo periodista que un año después, entrevistara a Milosevic, tres días antes de su detención y traslado al Tribunal yanqui de La Haya.
Toda la entrevista quedó resumida en los medios occidentales y yankees en un "No podemos confiar en Milosevic". En la Haya el presidente del tribunal yanqui, el profesor Fausto Pocar, al no haberlo podido declarar culpable, lo hizo matar.
Todavía se acuda a los serbios de Sbrenica en aquella hubiera sido gigantesca operación de bandera falsa cuyo objetivo era criminalizar a Serbia a perpetuidad y exonerar a la OTAN del crimen.
Cualquiera, dotado de un residuo de sentido de humanidad habría imaginado que después de lo infligido a Yugoslavia y luego a Serbia, su verdadero corazón histórico y cultural, la "comunidad internacional" habría renunciado a infligir crueldad a ese trozo de resistencia en los Balcanes.
No señor. Tito o no Tito, Slobo o no Slobo, Serbia insiste en hacer lo suyo en un área que hasta ahora ha estado limpia y ordenada, como si se tratara de un Estado regido por el imperio de la ley.
Y esto no debería serle debido.
Rechaza las sanciones contra Rusia, no apoya a Ucrania con armas, palabras ni dinero, pidió hace años entrar en la UE pero se niega a aceptar su condición principal: el reconocimiento de Kosovo, país independiente, miembro de la OTAN y narcotraficante.
Persiste en apoyar a los 70.000 serbios, de los 350.000 expulsados (junto con los 250.000 serbios de la Krajina croata), que permanecieron en Kosovo y fueron periódicamente acosados, atacados y saboteados por el régimen de Pristina, con la ayuda de la expedición de la KFOR (OTAN).
La infraestructura, ya sea nueva o por reconstruir, la construye China, ¡oh Dios!, como también se construye en el estado satélite, arrancado de la madre patria, la República Srpska, a veces llamada República Serbia de Bosnia, creada como una de las dos entidades políticas que forman Bosnia y Herzegovina, junto con la Federación de Bosnia y Herzegovina, reconocida formalmente tras los Acuerdos de Dayton que terminaron con la guerra de Bosnia, en 1995, atrapada a la fuerza por los tales acuerdos en el monstruo de tres cabezas de Bosnia-Herzegovina, un crisol croata, bosnio y serbio en constante y deliberada fricción: una mecha que se enciende cuando conviene.
Y conviene periódicamente en Kosovo y Bosnia y Herzegovina, siempre bajo el pretexto de alguna manifestación de indisciplina serbia, más recientemente porque el gobierno de Srbska se negó a reconocer y celebrar la estafa de Srebrenica (supuesta masacre de 8.000 civiles bosnios por parte de los comandantes serbios Mladic y Karadzic, ambos procesados en el tribunal yanqui de La Haya).
Ahora la mecha ha llegado directamente a Serbia. ¿Una señal de que estamos en el día del ajuste de cuentas? ¿Ha llegado al polvorín la estrategia de palestinización o sirianización de la refractaria Serbia, largamente fraguada aquí y puesta a prueba episódicamente, lo mismo que en Oriente Medio?
El 1 de noviembre, en Novi Sad, un techo de hormigón se derrumba y mueren 15 personas. Se infiltra y entonces estalla un motín. Hablamos de trabajos mal hechos, de sobornos, de corrupción puntual pero también generalizada. El entorno es favorable. Novi Sad es la capital de la provincia de Vojvodina, hogar de una minoría de habla magiar que podría integrarse en el levantamiento añadiendo sus propias demandas.
En verdad, el espíritu del territorio no lo indicaría: en los meses siguientes a los bombardeos que destruyeron tres puentes sobre el Danubio en Voivodina, considerados una maravilla de la ingeniería y la arquitectura, fueron los voivodinos quienes patrióticamente pusieron de pie su parte del país. Se arremangaron y reconstruyeron, en lo que se consideró un tiempo milagroso, puentes, fábricas, hospitales, casas, refinerías que sólo seis meses antes había visto quemados hasta los cimientos. También escasa y evanescente fue la participación de esta región en la sedición de Otpor, una organización entrenada en Budapest por generales estadounidenses, que condujo a la caída de Milosevic.
Las protestas por la masacre del cobertizo se convirtieron en una andanada, hasta que se extendieron a un incendio nacional. Los protagonistas eran estudiantes universitarios y de secundaria. De la publicación de documentos relativos a la construcción del refugio y otras estructuras públicas, en cierto modo desafortunadas, pasamos a las solicitudes de mayor financiación para la educación, la liberación de los estudiantes detenidos en los disturbios, la desjerarquización del sistema escolar, la destitución de políticos y funcionarios.
Tras los primeros días de espontaneidad emocional, las manifestaciones se estructuran en organismos permanentes, divididos por territorios, gracias también a la intervención masiva de las inevitables ONG, muchas de ellas con conocidos referentes occidentales. Y es aquí donde hay motivos para pensar en una nueva revolución de colores que, aprovechando un malestar parcialmente justificado, apunte a la completa normalización de las relaciones en los Balcanes Occidentales. El primer ministro, secretario del Partido Progresista, Milos Vucevic, que dimitió tras una serie de ataques contra miembros de su partido, denunció este aspecto y señaló a los conocidos euromanipuladores contra Serbia y al refuerzo del papel atlantista de los demás componentes de la ex Yugoslavia, en particular Kosovo.
Ciertos lemas y símbolos que recuerdan los movimientos que llevaron a la caída de Milosevic tras la agresión de la OTAN, como el puño negro, entonces, y la "mano roja", hoy, parecen darle la razón.
En este momento la perspectiva de unirse a la UE ya no parece ser tomada en consideración por ninguna de las partes. El presidente Alexandar Vucic, del mismo Partido Progresista que Vucevic y jefe de Estado desde 2017, ha pedido repetidamente una resolución de las tensiones y ha recordado que ha aceptado todas las peticiones de los estudiantes. A pesar de una actitud de apertura al diálogo, considerando las puertas cerradas en la cara de Serbia por Bruselas y la evidente mano occidental en la agitación actual, reiteró la absoluta neutralidad del país (adiós OTAN) y el derecho del país a elegir a los socios que mejor apoyen sus intereses. Implícito: rusos y chinos.
En el lado oriental de esta región de los Balcanes, siempre en crisis y fuente de acontecimientos trascendentales que involucran a otras partes del mundo, Rumania está viviendo una experiencia que, hasta ahora, no se ha realizado en Serbia. Con Calin Georgescu, el candidato ganador a la presidencia, neutralista y antibélico, a quien la Corte Suprema le negó, con la anulación de las elecciones, el derecho a una segunda vuelta en la que era ampliamente favorecido, vimos qué resultados propone Occidente en el caso de que la democracia no produzca el resultado deseado. Vucic y Serbia deberían estar en guardia. Siria nos muestra cuánto podemos confiar en nuestros amigos.
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